Cuando éramos jóvenes y al grito de una madre muy enojada que no nos quería ver más al vicio, obligándonos a buscarnos algo para hacer “yaaaa”, se nos ocurrió hacer lo que amamos desde chicos: pasta caseras.
Desempolvamos las recetas de nuestro abuelo Italiano (dos recetas de ravioles, dos de sorrentinos y la de tallarines al huevo) y así volvieron mil recuerdos y enseñanzas. Empezamos a hacer pruebas en el quincho de nuestra madre, para vender a familiares, luego a vecinos y rápidamente a gente desconocida de toda la ciudad.
Nuestro emprendimiento creció tanto que nuestro padre se asustó y nos pidió que lo dejáramos por un tiempo para que estudiáramos. Pablo estudió Arquitectura y Federico estudió Administración de empresas. Ejercimos cada uno lo suyo durante diez años.
Hasta que un día, en una charla de domingo, mientras estábamos amasando unos ravioles para la familia, nos miramos y casi sin hablar mucho dijimos “esto es lo que queremos hacer el resto de nuestra vida”. Inmediatamente dejamos de dedicarnos a lo que cada uno hacía para meternos de lleno en la pasta. Decidimos también incorporar a nuestro hermano Matías, que nos aportó el profesionalismo y orden que necesitábamos.
A veinte años de haber comenzado a amasar en ese quincho y a doce años de haber recomenzado, siempre tratamos de recordarnos que para nosotros amasar es algo que tiene un objetivo muy claro: darle felicidad a los que nos rodean.
Por eso nuestra misión es “amasar felicidad”. Nada más, nada menos.